marzo 20, 2008

Campanitas, campanitas mías

Tintineos de campanitas blancas, pequeñas y delicadas abrieron el paso a una caravana desprolija que se aventuraba ente el vendabal de otoño en las calles desiertas. La procesión se encojía de hombros e inclinaba la cabeza ante cada tintineo de las sagradas campanitas que pronunciaban una tonada ambigüa, que con dulzura cortaba el viento en dirección a los mancillados oidos de los dolientes, los cuales se encaminaban con devoción y a paso lento por los adoquines frios en aquella mañana.
Las inmaculadas campanitas seguían tintinando frías y sensuales, acariciando y azotando los cuerpos doloridos de la procesión. Cada cierta cantidad de pasos y tintineos, la procesión al unísono levantaba sus cansados ojos y pedía más, más de aquel dulce canto de las campanitas blancas que sin piedad cortaban sus oidos a cada tintinar... ¡¡¡Siiii, seguid, dadnos tu vos sagrada santa luz de la vida...!!!, gritaba uno de los cuerpos indescifrables de la procesión a lo cual todos replicaron... ¡¡¡Dadnos la luz...!!!.
A cada paso que daban los dolientes, se volvía más rudo el tintinar de las campanas y el espíritu de éstos se engrandecía, la sangre brotaba de sus oídos ante el ahora ronco tintinar de campanas grandes y majestuosas. Los pasos de la torturada procesión se tornaban más difíciles a cada momento, el suelo se hacía aspero a sus pies y sus caras expresaban mediante grandes arrugas el dolor que experimentaban todos en conjunto.
Pese a los tormentos sufridos, cada uno de aquellos que conformaban la procesión lo hacía en silencio, tal era la devoción con la cual proseguían su sacro caminar que omitían completamente como las ratas se apostaban a cada lado de la caravana, con ojos sobresaltados de excitación, limpiaban sus bigotes al intuir que en cualquier minuto uno de ellos se desplomaría y dispondrían de aquel cuerpo de inmediato. Pero no todas las ratas eran tan pacientes, había unas que corrían presurosamente al final de la caravana y bebían a grandes sorbetones la sagre que habían dejado los devotos en su sagrado peregrinar. Pese a esta voracidad de los roedores, éstos, incluso aquellos que se apresuraron a beber de la sangre dejada atrás, en ningún momento se acercaron lo suficiente como para molestar o morder furtivamente a algunos de los peregrinos, era como si, después de todo comprendieran el significado de aquel sacrificio y se limitaran a esperar en una... porque no llamarle así... devoción roedora, a aquellos que no fueran capaces de conseguir su meta en aquella hermosa y tortuosa caravana.
El tintinar grave de las majestuosas campanas comenzó en un momento a colapsar sobre sí mismo y se agrietaron a cada golpe sónico, eventualmente cayeron a pedazos, grandes bloques de bronce sobre el frio suelo otoñal. En ese momento, una brisa envolvió a los peregrinos trayendo hojas secas desde un lugar lejano, demasiado lejano como para pensar siquiera en ello. Al pasar el misterioso viento, los bloques de bronce desprendidos de las campanas enormes se habían convertido en polvo metálico que se fundió en el aire y en su lugar, solo estaban las pequeñas campanitas blancas con su dulce y despiadado tintinear, el cual comenzó nuevamente a corroer los oidos de los dolientes, quienes tenían sus heridas sanadas y sus cuerpos limpios... a su alrededor ya no había ninguna rata, solo a la distancia un enorme camino delineado con portales, en cuyos travesaños se apreciaban infinidad de campanitas blancas que a cada tintinear, se engrosaban y agravaban.

marzo 13, 2008

Una frase en la vereda

"No te dejes deslumbrar por la aparente felicidad de las luces ajenas, no olvides que en la cabeza de los demás se encuentra un lugar demasiado desdichado para que en él se asiente la verdadera felicidad".

;-) ;-) ;-) ;-)